Era la más linda del barrio. Tan linda, que casi nadie la conocía por su nombre. Todos le decían “Chiche”, seguramente porque por aquellos tiempos, chiche remitía a muñeca, y muñeca a linda.
Única hija de un matrimonio en el que papá y mamá trabajaban, recibía en exclusividad mimos y cuidados. Podían César y Lola privarse de algunos gustos. O de muchos. Pero nada le faltaba a Chiche.
Es justo decir que esto no la llevaba a ser una “nena malcriada”. Bien por el contrario, la soledad que las obligaciones laborales paternas le proponían, fue la razón de su temprana habilidad por los quehaceres domésticos. Incipiente cocinera y precoz lavandera, se encargaba de que los regresos del trabajo de su madre no se vieran recargados de tareas que ella podía resolver.
Cumplía en la escuela, y se destacaba por su habilidad para el dibujo.
Los miércoles eran los días de fiesta. Su papá, César, la esperaba con la merienda lista y, apenas regresada de clases, salían juntos hacia el cine. Las series los esperaban. Allí darían fin a una semana de intrigas y especulaciones. Sabrían finalmente si Batman escapaba de la última trampa o si el Llanero Solitario emergía invicto y, una vez más, airoso, de la emboscada que le habían tendido siete días antes. Solamente de dos cosas estaba segura Chiche: que la película de miedo le quitaría el sueño aquella noche, y que Lola presentaría las quejas ante ellos por “quedarse a ver esas películas que después la asustan”.
La salida culminaba en la confitería de la Avenida Mitre, donde compraban invariablemente tres “palos Jacob”. Repletos de crema pastelera, dos de ellos nunca llegaban a casa. El tercero, era para Lola.
Los años fueron dibujando los rasgos de mujer. Siempre linda, los fines de semana la cita era en los salones del Club Independiente. Allí, entre acordes de la orquesta de Pugliese, una tarde conoció a Mario. Ya nunca se separarían.
Como suele ocurrir cuando la infancia y la adolescencia quedan atrás, el tiempo comenzó a acelerarse.
En un abrir y cerrar de ojos, era esposa. Para desilusión de muchos y beneficio de uno solo.
Ya no estaba papá César, pero había llegado otro César a su vida. Un “huésped para siempre” que la hizo mamá justo el Día de la Madre de 1959.. Algunos años después, Andrea completaría la familia.
Ya no estaba papá César, pero había llegado otro César a su vida. Un “huésped para siempre” que la hizo mamá justo el Día de la Madre de 1959.. Algunos años después, Andrea completaría la familia.
Su vida, como la vida de todos los que se animan a vivir, tuvo alegrías y tristezas. Luces y sombras. El balance, sin embargo, es plenamente favorable. Conoció lugares y vivió experiencias que eran casi imposibles de imaginar cuando caminaba, de punta en blanco, jovencita y linda como siempre, rumbo a su trabajo en la fábrica Alpargatas.
Llevó adelante su casa y crió dos hijos que son, así lo se en el caso de Andrea y me gusta creerlo en mi propio caso, fundamentalmente dos buenas personas.
Hoy todos la conocen como Norma, la abuela de Micaela, de Kevin y de Alan. Mi mamá.
Yo, claro, nunca vi a Chiche regresar de la mano de César, mientras en la puerta de casa Lola los esperaba con la cena. Nunca vi sus pasos de baile en la pista de Independiente. Ni tampoco vi las series, ni vi nunca el salón de venta de la confitería de la Avenida Mitre.
Pero los vi.
Los vi en sus relatos llenos de emoción y plagados de detalles. Los vi en sus ojos, húmedos por el recuerdo.
Y todavía, cada vez que veo a Norma, a mi mamá, caminar hacia mí con sus brazos abiertos, adivino en ella a la nena y a la muchacha que fue. A Chiche. Bonita como para ir de boda.
La más linda del barrio.