jueves, 14 de agosto de 2014

La más linda del barrio

Era la más linda del barrio. Tan linda, que casi nadie la conocía por su nombre. Todos le decían “Chiche”, seguramente porque por aquellos tiempos, chiche remitía a muñeca, y muñeca a linda.
Única hija de un matrimonio en el que papá y mamá trabajaban, recibía en exclusividad mimos y cuidados. Podían César y Lola privarse de algunos gustos. O de muchos. Pero nada le faltaba a Chiche.

Es justo decir que esto no la llevaba a ser una “nena malcriada”. Bien por el contrario, la soledad que las obligaciones laborales paternas le proponían, fue la razón de su temprana habilidad por los quehaceres domésticos. Incipiente cocinera y precoz lavandera, se encargaba de que los regresos del trabajo de su madre no se vieran recargados de tareas que ella podía resolver.
Cumplía en la escuela, y se destacaba por su habilidad para el dibujo.

Los miércoles eran los días de fiesta. Su papá, César, la esperaba con la merienda lista y, apenas regresada de clases, salían juntos hacia el cine. Las series los esperaban. Allí darían fin a una semana de intrigas y especulaciones. Sabrían finalmente si Batman escapaba de la última trampa o si el Llanero Solitario emergía invicto y, una vez  más, airoso, de la emboscada que le habían tendido siete días antes. Solamente de dos cosas estaba segura Chiche: que la película de miedo le quitaría el sueño aquella noche, y que Lola presentaría las quejas ante ellos por “quedarse a ver esas películas que después la asustan”.

La salida culminaba en la confitería de la Avenida Mitre, donde compraban invariablemente tres “palos Jacob”. Repletos de crema pastelera, dos de ellos nunca llegaban a casa. El tercero, era para Lola. 

Los años fueron dibujando los rasgos de mujer. Siempre linda, los fines de semana la cita era en los salones del Club Independiente. Allí, entre acordes de la orquesta de Pugliese, una tarde conoció a Mario. Ya nunca se separarían.

Como suele ocurrir cuando la infancia y la adolescencia quedan atrás, el tiempo comenzó a acelerarse. 
En un abrir y cerrar de ojos, era esposa. Para desilusión de muchos y beneficio de uno solo. 
Ya no estaba papá César, pero había llegado otro César a su vida. Un “huésped para siempre” que la hizo mamá justo el Día de la Madre de 1959.. Algunos años después, Andrea completaría la familia.

Su vida, como la vida de todos los que se animan a vivir, tuvo alegrías y tristezas. Luces y sombras. El balance, sin embargo, es plenamente favorable. Conoció lugares y vivió experiencias que eran casi imposibles de imaginar cuando caminaba, de punta en blanco, jovencita  y linda como siempre, rumbo a su trabajo en la fábrica Alpargatas.

Llevó adelante su casa y crió dos hijos que son, así lo se en el caso de Andrea y me gusta creerlo en mi propio caso, fundamentalmente dos buenas personas. 

Hoy todos la conocen como Norma, la abuela de Micaela, de Kevin y de Alan. Mi mamá.
Yo, claro, nunca vi a Chiche regresar de la mano de César, mientras en la puerta de casa Lola los esperaba con la cena. Nunca vi sus pasos de baile en la pista de Independiente. Ni tampoco vi las series, ni vi nunca el salón de venta de la confitería de la Avenida Mitre. 
Pero los vi. 
Los vi en sus relatos llenos de emoción y plagados de detalles. Los vi en sus ojos, húmedos por el recuerdo.

Y todavía, cada vez que veo a Norma, a mi mamá, caminar hacia mí con sus brazos abiertos, adivino en ella a la nena y a la muchacha que fue. A Chiche. Bonita como para ir de boda. 

La más linda del barrio.

viernes, 24 de febrero de 2012

Abuela

Reía. Siempre reía. Aunque estuviera seria, ella reía.
En la orilla del mar, con el agua apenas hasta los tobillos, en el parque San Martín rodeada de margaritas, en la estación de trenes en medio de un andén casi desierto.
En blanco y negro o en colores pintados a mano. Entrañables momentos congelados.
Reía porque estaba conmigo. Y yo reía con ella.

Mi abuela Lola vino de España tan chiquita que apenas podía recordar tres o cuatro cosas de su lugar natal. Me contaba de su padre, volviendo con los otros pescadores de ríos a los que no podía ponerle nombre, cargando canastas llenas de truchas que brillaban al sol. Yo escuchaba atento esas historias, prolegómenos de otras que hablaban de un barco, de un océano interminable, de hombres rudos y mujeres heroicas, de despedidas definitivas y de nuevos comienzos.

Fue una mujer notable. Fue pobre en los años mozos de su vida. Vivió esa pobreza de inmigrante, de privaciones varias y recompensas aisladas. Pobreza que ni se escondía ni se exhibía, se vivía nomás. Y se luchaba.
Estudió, y lo hizo muy bien. Me contaba orgullosa, cada vez que la conversación lo permitía, que había llegado hasta primer año del secundario. Casi un doctorado para la época y su condición. Leía mucho y escribía más. Con la letra más clara, elegante y precisa que yo vi en mi vida. En casa, a ella se la preguntaba sobre ortografía. Y nunca se equivocaba.

Cuando yo nací, todavía trabajaba. Pero ya no era pobre. La capilaridad social de una Argentina que los años fueron desfigurando, había convalidado cada uno de sus esfuerzos. En Lever Hermanos, ella era la "Gallega", por aquella errada y tan nuestra tradición de llamar así a toda persona nacida en España.  Yo la acompañé muchas veces y recuerdo con cuánto cariño era dicho ese "Gallega" y con cuánto respeto hablaba Lola de los "Mister". Respeto digo, no temor. Porque todavía el respeto era el condimento básico, imprescindible e infaltable en las relaciones entre las personas.

Su jubilación, claro, fue una fiesta. Porque me permitía estar con ella todo el tiempo. Porque la eximía de compromisos y me auguraba su presencia diaria.

Porque yo extrañaba a mi abuela cada vez que ella no estaba.
Antes de saber los números, ya había aprendido yo los movimientos mágicos que debía hacer en la rueda del teléfono para hablar con ella y pedirle que viniera a mi casa.

Ya más grande, era yo quien iba a su casa. Los viernes, apenas salido de la escuela, repetía mi aventura semanal de unir Belgrano con Avellaneda abordo  del "60" y del "286". ¡Benditos tiempos en los que un purrete de apenas 8 años podía viajar sólo sin arriesgar nada!
A eso de las 6 y media, allí llegaba yo y allí estaba ella, en la parada; a media cuadra de su casa.
Con la rapidez que otorga el entusiasmo dejábamos mis cosas y salíamos los dos para la Avenida Mitre.
Entrábamos en la "Santa María", nos sentábamos casi siempre en la misma mesa, con vista a la calle. Una chica especial de jamón y morrones, una Pepsi para mí y un porrón para ella. El paso del tiempo y la diabetes cambiaron la cerveza por Paso de los Toros.
Toda la felicidad del mundo cabía en esa pizzería. Yo casi que temblaba de contento y ella, como siempre, reía.
Después, lloviera o tronase, a la heladería Sorrento, para finalizar con frutilla y chocolate la fiesta preliminar de los mejores fines de semana de mi vida.
Fines de semana que entrelazaban desayunos servidos en la cama, tazón de café con leche y vigilantes de grasa, revistas del "Doctor Tetrik", Viernes de Pacheco y Sábados Circulares.

Me volví adolescente, más tarde joven y después casi adulto. Ya no había periplo Belgrano - Avellaneda todos los viernes. Los años de la juventud auspician otras costumbres. Pero con mi abuela seguimos siempre unidos. Yo la pasaba a buscar y paseábamos en coche. A tomar el té, o mejor la leche, a cenar o simplemente a dar una vuelta. Yo, claro, no lo hacía por ella. Lo hacía por mí. Por estar con mi abuela.
Y ella, como siempre, reía.

Hoy, cuando los años han pasado y el recuerdo desmiente su ausencia, su  mano amiga todavía me marca caminos. Nadie muere nunca si los valores que representa viven en el alma de aquellos que amaron. La única muerte es el olvido.


Reía. Siempre reía. Aunque estuviera seria, mi abuela Lola reía. 
En la orilla del mar, con el agua apenas hasta los tobillos, en el parque rodeada de margaritas, en la estación de trenes en medio de un andén casi desierto.
En blanco y negro o en colores pintados a mano. Entrañables momentos congelados.
En los que sigue riendo, porque está conmigo. Y yo, para siempre, río con ella.

lunes, 20 de febrero de 2012

La Belleza de los goles


ADVERTENCIA:
El texto que sigue está escrito por un hincha de Boca. No busca ser preciso, ni correcto, ni mucho menos imparcial. Se trata, por el contrario, de una especie de “impresionismo literario”. Es decir, retrata las emociones de un futbolero que toma partido. Emociones que quería compartir con todos aquellos para los que el fútbol es algo más que un juego, y mucho menos que una guerra.
Creo advertir que otros futboleros, con amores diferentes, han de coincidir en algunas de las cuestiones aquí exploradas. 
Y si no coinciden, será una bella invitación para el debate. 
Se solicita, eso sí, indulgencia en la lectura.
LA BELLEZA DE LOS GOLES

Es sabido que todos los goles valen uno. Pero esto de ninguna manera los iguala. 

Hay goles mejores y peores, más lindos y más feos, más espectaculares y más rantifusos, de chiripa y premeditados.
Para empezar, hay una clase de goles horribles, espantosos y siempre injustos. Son los goles convertidos en el arco de Boca. Duelen, confunden, decepcionan.
Otros muy fuleros, casi tanto como los anteriores, son los que logra marcar River. Confieso que jamás vi un gol de River que me pareciera lindo. Siempre los descubro ranfañosos, de pura suerte, inmerecidos o viciados de nulidad. Para mí, y podría jurarlo, siempre que River hizo un gol, alguno de sus jugadores estaba en offside o en la jugada previa había cometido una falta. Y cuando digo siempre, quiero decir justamente eso: SIEMPRE.

Pero si todos los goles no son iguales, es una noble tarea determinar en qué se diferencian. 
En este puñado de ideas, intentaré encontrar la clave de uno de los rasgos que, en principio, pueden hacerlos diferentes: Su Belleza.

Creo advertir que todo gol tiene al menos tres dimensiones:
a) La puramente estética. Esto es la plasticidad, la habilidad, la destreza, el ingenio, la viveza y la inteligencia puestos de manifiesto en la acción que desemboca en el tanto. Colosales jugadas individuales o alardes de coordinación colectiva. 

b) La de la importancia. Aquí lo que interesa es la circunstancia en la que un gol es convertido. Me refiero a la instancia del campeonato, los minutos de juego, el estado previo del marcador, si es un "mete gol gana" (odio la expresión Gol de Oro), o si define la cuestión que se dispute.
c) La de la intención. Para que el gol sea un golazo, todo debe ser obra intencionada de su autor. Me refiero a que no son golazos aquellos disparos que nacen con la intención de ser un centro y por acción del viento, o de la propia impericia del ejecutante que le pega mejor de lo que había premeditado, terminan metiéndose en un ángulo.


Fíjese el lector, que si solamente tomáramos en consideración la dimensión estética, podría ser tan lindo el cuarto gol del Frankfurter 8315 de la cuarta división austríaca en un partido que termina 8 a 1, como el primero de
Palermo al Real Madrid. ¡Y por supuesto que esto no es cierto!
Un gol no es el mero traspasar una raya (de cal o imaginaria) por parte de una pelota. Un gol es la condensación de anhelos, sueños, insomnios, desvelos, rencores y amores. Pruebe usted patear a un arco vacío mientras no se disputa partido alguno y nada está en juego y verá que por más que la pelota entre pegadita a un palo en la ratonera, o allá arriba donde se confunden poste y travesaño, eso no será un golazo. 

Pero la cosa ya cambiará decisivamente si existe un desafío. Aunque sea uno privado y particular. Si antes de patear usted se dijo en silencio: "A que la pongo justo en el ángulo izquierdo de arriba", y la redonda cumple con su premonición, seguramente usted se dirá: "¡Qué golazo!". Y por ahí, hasta lo grite.

Normalmente existen un montón de cuestiones públicas por las cuales un gol puede convertirse en golazo. Razones por todos conocidas, como la final de un campeonato, la obtención de un récord, o la definición de un descenso.
Pero estas cuestiones no se agotan en lo público. Existen, también, razones privadas para que cada uno otorgue importancia a un gol. A veces el partido no le importa a casi nadie, pero uno tiene ese día una apuesta personal con el destino. Y entonces el gol, si viene, es sublime.

Yo recuerdo muchos goles de los que nadie se acuerda. Algunos, incluso, los hice yo. Todavía estoy viendo a una Pintier blanca meterse en el ángulo superior derecho del arco de 3° 5ta, después de haberles hecho dos sombreros consecutivos, para un lado y para el otro, sin dejar picar la pelota, a los dos marcadores centrales, y ahí nomás, otra vez sin que toque el suelo, meterle un derechazo furibundo, a tres minutos del final de un partido que estaba empatado y que definía el torneo interno del Colegio Carlos Pellegrini. En las tribunas del Velódromo Municipal había una persona.
Y les juro, una de las más grandes alegrías que he tenido en los últimos tiempos la experimenté hace poco cuando, en la reunión de los 25 años de egresados, descubrí que un par de mis compañeros se acordaban perfectamente de la jugada.

El ejemplo exacto del gol que reúne las tres dimensiones requeridas, es el 2° de Diego a los Ingleses. Por eso es el gol de todos los tiempos, por su belleza, por su importancia y por su intención. Sólo un genio como Maradona fue capaz de lograrlo. No solamente es el mejor gol de la historia. Es el gol perfecto.Muy cerca de ése, yo pongo al tercero de Boca contra River, una noche lluviosa de viernes en el mes de abril de 1981. Es uno de los dos goles más bellos que yo vi en vivo y en directo. Y el mejor que le vi al Diego.
Dicen los duendes que habitan la Bombonera que todavía puede verse, de tanto en tanto, cuando las sombras lo cobijan, al Gran Pato Filliol buscando una explicación en el área de Casa Amarilla.
Dije que es uno de los DOS goles más bellos a los que asistí como espectador en una cancha, Se preguntarán, tal vez, cuál es el otro.¿Será el del Chino Benítez, contra Huracán, un domingo lluvioso de 1976? ¿O se tratará de aquél del Melli contra Talleres, a finales del año 1998? ¿O de alguno de García Cambón, o de Riquelme, o de Novello? 
Pues no, señores. Mi segundo gol más bello es un gol anulado. 
Se trata de un golazo extraordinario, un alarde de técnica individual, una apilada formidable, que Angel Clemente Rojas pergeñara en un partido contra Lanús jugado en la Bombonera. 

El partido se jugó el 27 de octubre de 1967. Era una tarde de sol y el arquero de Lanús era Ballesteros. El partido lo venía ganando Boca, cuando Rojitas, recostado sobre la derecha del ataque, empezó a gambetear como sólo el lo hizo en la historia del fútbol mundial. Se sacó de encima no menos de cuatro rivales y enfrentó a Ballesteros sobre el costado del área. Lo eludió enganchando para adentro, en dirección al arco.
Ballesteros quedó atrás. Rojitas fue entrando, de derecha a izquierda (siempre tomando en cuenta al ataque de Boca), con el arquero corriéndolo de atrás. Ya cerca del punto del penal, ocurre lo impensado. En lugar de patear al arco vacío, el Angelito se frena de golpe. Ballesteros sigue de largo como un metro. Entonces el más habilidoso de todos los atorrantes, con la cabeza levantada y la pelota al pié, se metió en el arco que da al Riachuelo.
No me acuerdo porqué el señor Spinetto, que era el árbitro de aquel partido, lo anuló. Me parece que fue porque cuando Rojitas eludió al último de los defensores, la tiró larga, en un auto pase que el mamarracho que tenía la banderita de ese lado interpretó como pase a un compañero que, les juro, no tenía nada que ver. Pero el gol fue anulado después de que la jugada terminara, es decir que los hinchas, Rojitas y Ballesteros lo vivieron sin saber del desatino que sobrevendría. Quiero decir que lucharon hasta que la pelota estuvo dentro del arco.

Se preguntarán dónde queda entonces mi teoría de las tres dimensiones de un gol. Porque parece que éste fue estético e intencionado, pero tan poco importante que ni siquiera adornó el score final. (Me apresuro a decir que Boca de todas maneras ganó ese partido por 3 a 1).
Pero me remito a mi apreciación de que hay importancias que son particulares. 
Ese día yo había ido a la cancha con mi viejo, a ver a mi ídolo, a Rojitas, quien hacia varios partidos que no jugaba; y yo le había pedido, en silencio, que hiciera un golazo para mí. Y Angelito me respondió con aquella inolvidable obra maestra.
Ese gol tiene para mí, ahora que los años han pasado y ya no puedo ir a la cancha con mi viejo, la importancia decisiva del recuerdo. Recuerdos de tardes de sol, frío en el aire, yo como purrete aferrado a las mangas de mi papá, algún gol de Rojitas, y toda la emoción del mundo en un abrazo que nos unía y nos igualaba. Y después, al café de siempre, a tomar ese submarino caliente coronado con un par de espléndidas, gomosas medialunas.
Ese gol de Rojitas tiene la importancia invencible de mantener vivos a mi viejo y a ese purrete que fui, y que soy cada vez que lo recuerdo.
Se convirtió en golazo con el tiempo, y eso mismo la ha vuelto eterno.

Recordemos, entonces, nuestros goles memorables.
Será una manera de asomarnos, un poco más, a nuestro entrañable sentimiento por el viejo y querido Fútbol Argentino. 
Y será también, a no dudarlo, una manera de rescatar de la muerte a todos los que se fueron un día, pero caminan siempre a nuestro lado.