Reía. Siempre reía. Aunque estuviera seria, ella reía.
En la orilla del mar, con el agua apenas hasta los tobillos, en el parque San Martín rodeada de margaritas, en la estación de trenes en medio de un andén casi desierto.
En blanco y negro o en colores pintados a mano. Entrañables momentos congelados.
Reía porque estaba conmigo. Y yo reía con ella.
Mi abuela Lola vino de España tan chiquita que apenas podía recordar tres o cuatro cosas de su lugar natal. Me contaba de su padre, volviendo con los otros pescadores de ríos a los que no podía ponerle nombre, cargando canastas llenas de truchas que brillaban al sol. Yo escuchaba atento esas historias, prolegómenos de otras que hablaban de un barco, de un océano interminable, de hombres rudos y mujeres heroicas, de despedidas definitivas y de nuevos comienzos.
Fue una mujer notable. Fue pobre en los años mozos de su vida. Vivió esa pobreza de inmigrante, de privaciones varias y recompensas aisladas. Pobreza que ni se escondía ni se exhibía, se vivía nomás. Y se luchaba.
Estudió, y lo hizo muy bien. Me contaba orgullosa, cada vez que la conversación lo permitía, que había llegado hasta primer año del secundario. Casi un doctorado para la época y su condición. Leía mucho y escribía más. Con la letra más clara, elegante y precisa que yo vi en mi vida. En casa, a ella se la preguntaba sobre ortografía. Y nunca se equivocaba.
Cuando yo nací, todavía trabajaba. Pero ya no era pobre. La capilaridad social de una Argentina que los años fueron desfigurando, había convalidado cada uno de sus esfuerzos. En Lever Hermanos, ella era la "Gallega", por aquella errada y tan nuestra tradición de llamar así a toda persona nacida en España. Yo la acompañé muchas veces y recuerdo con cuánto cariño era dicho ese "Gallega" y con cuánto respeto hablaba Lola de los "Mister". Respeto digo, no temor. Porque todavía el respeto era el condimento básico, imprescindible e infaltable en las relaciones entre las personas.
Su jubilación, claro, fue una fiesta. Porque me permitía estar con ella todo el tiempo. Porque la eximía de compromisos y me auguraba su presencia diaria.
Porque yo extrañaba a mi abuela cada vez que ella no estaba.
Antes de saber los números, ya había aprendido yo los movimientos mágicos que debía hacer en la rueda del teléfono para hablar con ella y pedirle que viniera a mi casa.
Ya más grande, era yo quien iba a su casa. Los viernes, apenas salido de la escuela, repetía mi aventura semanal de unir Belgrano con Avellaneda abordo del "60" y del "286". ¡Benditos tiempos en los que un purrete de apenas 8 años podía viajar sólo sin arriesgar nada!
A eso de las 6 y media, allí llegaba yo y allí estaba ella, en la parada; a media cuadra de su casa.
Con la rapidez que otorga el entusiasmo dejábamos mis cosas y salíamos los dos para la Avenida Mitre.
Entrábamos en la "Santa María", nos sentábamos casi siempre en la misma mesa, con vista a la calle. Una chica especial de jamón y morrones, una Pepsi para mí y un porrón para ella. El paso del tiempo y la diabetes cambiaron la cerveza por Paso de los Toros.
Toda la felicidad del mundo cabía en esa pizzería. Yo casi que temblaba de contento y ella, como siempre, reía.
Después, lloviera o tronase, a la heladería Sorrento, para finalizar con frutilla y chocolate la fiesta preliminar de los mejores fines de semana de mi vida.
Fines de semana que entrelazaban desayunos servidos en la cama, tazón de café con leche y vigilantes de grasa, revistas del "Doctor Tetrik", Viernes de Pacheco y Sábados Circulares.
Me volví adolescente, más tarde joven y después casi adulto. Ya no había periplo Belgrano - Avellaneda todos los viernes. Los años de la juventud auspician otras costumbres. Pero con mi abuela seguimos siempre unidos. Yo la pasaba a buscar y paseábamos en coche. A tomar el té, o mejor la leche, a cenar o simplemente a dar una vuelta. Yo, claro, no lo hacía por ella. Lo hacía por mí. Por estar con mi abuela.
Y ella, como siempre, reía.
Hoy, cuando los años han pasado y el recuerdo desmiente su ausencia, su mano amiga todavía me marca caminos. Nadie muere nunca si los valores que representa viven en el alma de aquellos que amaron. La única muerte es el olvido.
Reía. Siempre reía. Aunque estuviera seria, mi abuela Lola reía.
En la orilla del mar, con el agua apenas hasta los tobillos, en el parque rodeada de margaritas, en la estación de trenes en medio de un andén casi desierto.
En blanco y negro o en colores pintados a mano. Entrañables momentos congelados.
En los que sigue riendo, porque está conmigo. Y yo, para siempre, río con ella.
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