ADVERTENCIA:
El texto que sigue está escrito por un hincha de Boca. No busca ser preciso, ni correcto, ni mucho menos imparcial. Se trata, por el contrario, de una especie de “impresionismo literario”. Es decir, retrata las emociones de un futbolero que toma partido. Emociones que quería compartir con todos aquellos para los que el fútbol es algo más que un juego, y mucho menos que una guerra.
Creo advertir que otros futboleros, con amores diferentes, han de coincidir en algunas de las cuestiones aquí exploradas.
Y si no coinciden, será una bella invitación para el debate.
Se solicita, eso sí, indulgencia en la lectura.
LA BELLEZA DE LOS GOLES
Es sabido que todos los goles valen uno. Pero esto de ninguna manera los iguala.
Hay goles mejores y peores, más lindos y más feos, más espectaculares y más rantifusos, de chiripa y premeditados.
Para empezar, hay una clase de goles horribles, espantosos y siempre injustos. Son los goles convertidos en el arco de Boca. Duelen, confunden, decepcionan.
Otros muy fuleros, casi tanto como los anteriores, son los que logra marcar River. Confieso que jamás vi un gol de River que me pareciera lindo. Siempre los descubro ranfañosos, de pura suerte, inmerecidos o viciados de nulidad. Para mí, y podría jurarlo, siempre que River hizo un gol, alguno de sus jugadores estaba en offside o en la jugada previa había cometido una falta. Y cuando digo siempre, quiero decir justamente eso: SIEMPRE.
Pero si todos los goles no son iguales, es una noble tarea determinar en qué se diferencian.
En este puñado de ideas, intentaré encontrar la clave de uno de los rasgos que, en principio, pueden hacerlos diferentes: Su Belleza.
Creo advertir que todo gol tiene al menos tres dimensiones:
a) La puramente estética. Esto es la plasticidad, la habilidad, la destreza, el ingenio, la viveza y la inteligencia puestos de manifiesto en la acción que desemboca en el tanto. Colosales jugadas individuales o alardes de coordinación colectiva.
b) La de la importancia. Aquí lo que interesa es la circunstancia en la que un gol es convertido. Me refiero a la instancia del campeonato, los minutos de juego, el estado previo del marcador, si es un "mete gol gana" (odio la expresión Gol de Oro), o si define la cuestión que se dispute.
c) La de la intención. Para que el gol sea un golazo, todo debe ser obra intencionada de su autor. Me refiero a que no son golazos aquellos disparos que nacen con la intención de ser un centro y por acción del viento, o de la propia impericia del ejecutante que le pega mejor de lo que había premeditado, terminan metiéndose en un ángulo.
Fíjese el lector, que si solamente tomáramos en consideración la dimensión estética, podría ser tan lindo el cuarto gol del Frankfurter 8315 de la cuarta división austríaca en un partido que termina 8 a 1, como el primero de
Palermo al Real Madrid. ¡Y por supuesto que esto no es cierto!
Un gol no es el mero traspasar una raya (de cal o imaginaria) por parte de una pelota. Un gol es la condensación de anhelos, sueños, insomnios, desvelos, rencores y amores. Pruebe usted patear a un arco vacío mientras no se disputa partido alguno y nada está en juego y verá que por más que la pelota entre pegadita a un palo en la ratonera, o allá arriba donde se confunden poste y travesaño, eso no será un golazo.
Pero la cosa ya cambiará decisivamente si existe un desafío. Aunque sea uno privado y particular. Si antes de patear usted se dijo en silencio: "A que la pongo justo en el ángulo izquierdo de arriba", y la redonda cumple con su premonición, seguramente usted se dirá: "¡Qué golazo!". Y por ahí, hasta lo grite.
Pero estas cuestiones no se agotan en lo público. Existen, también, razones privadas para que cada uno otorgue importancia a un gol. A veces el partido no le importa a casi nadie, pero uno tiene ese día una apuesta personal con el destino. Y entonces el gol, si viene, es sublime.
Yo recuerdo muchos goles de los que nadie se acuerda. Algunos, incluso, los hice yo. Todavía estoy viendo a una Pintier blanca meterse en el ángulo superior derecho del arco de 3° 5ta, después de haberles hecho dos sombreros consecutivos, para un lado y para el otro, sin dejar picar la pelota, a los dos marcadores centrales, y ahí nomás, otra vez sin que toque el suelo, meterle un derechazo furibundo, a tres minutos del final de un partido que estaba empatado y que definía el torneo interno del Colegio Carlos Pellegrini. En las tribunas del Velódromo Municipal había una persona.
Y les juro, una de las más grandes alegrías que he tenido en los últimos tiempos la experimenté hace poco cuando, en la reunión de los 25 años de egresados, descubrí que un par de mis compañeros se acordaban perfectamente de la jugada.
El ejemplo exacto del gol que reúne las tres dimensiones requeridas, es el 2° de Diego a los Ingleses. Por eso es el gol de todos los tiempos, por su belleza, por su importancia y por su intención. Sólo un genio como Maradona fue capaz de lograrlo. No solamente es el mejor gol de la historia. Es el gol perfecto.Muy cerca de ése, yo pongo al tercero de Boca contra River, una noche lluviosa de viernes en el mes de abril de 1981. Es uno de los dos goles más bellos que yo vi en vivo y en directo. Y el mejor que le vi al Diego.
Dicen los duendes que habitan la Bombonera que todavía puede verse, de tanto en tanto, cuando las sombras lo cobijan, al Gran Pato Filliol buscando una explicación en el área de Casa Amarilla.
Dije que es uno de los DOS goles más bellos a los que asistí como espectador en una cancha, Se preguntarán, tal vez, cuál es el otro.¿Será el del Chino Benítez, contra Huracán, un domingo lluvioso de 1976? ¿O se tratará de aquél del Melli contra Talleres, a finales del año 1998? ¿O de alguno de García Cambón, o de Riquelme, o de Novello?
Pues no, señores. Mi segundo gol más bello es un gol anulado.
Se trata de un golazo extraordinario, un alarde de técnica individual, una apilada formidable, que Angel Clemente Rojas pergeñara en un partido contra Lanús jugado en la Bombonera.
El partido se jugó el 27 de octubre de 1967. Era una tarde de sol y el arquero de Lanús era Ballesteros. El partido lo venía ganando Boca, cuando Rojitas, recostado sobre la derecha del ataque, empezó a gambetear como sólo el lo hizo en la historia del fútbol mundial. Se sacó de encima no menos de cuatro rivales y enfrentó a Ballesteros sobre el costado del área. Lo eludió enganchando para adentro, en dirección al arco.
Ballesteros quedó atrás. Rojitas fue entrando, de derecha a izquierda (siempre tomando en cuenta al ataque de Boca), con el arquero corriéndolo de atrás. Ya cerca del punto del penal, ocurre lo impensado. En lugar de patear al arco vacío, el Angelito se frena de golpe. Ballesteros sigue de largo como un metro. Entonces el más habilidoso de todos los atorrantes, con la cabeza levantada y la pelota al pié, se metió en el arco que da al Riachuelo.
No me acuerdo porqué el señor Spinetto, que era el árbitro de aquel partido, lo anuló. Me parece que fue porque cuando Rojitas eludió al último de los defensores, la tiró larga, en un auto pase que el mamarracho que tenía la banderita de ese lado interpretó como pase a un compañero que, les juro, no tenía nada que ver. Pero el gol fue anulado después de que la jugada terminara, es decir que los hinchas, Rojitas y Ballesteros lo vivieron sin saber del desatino que sobrevendría. Quiero decir que lucharon hasta que la pelota estuvo dentro del arco.
Se preguntarán dónde queda entonces mi teoría de las tres dimensiones de un gol. Porque parece que éste fue estético e intencionado, pero tan poco importante que ni siquiera adornó el score final. (Me apresuro a decir que Boca de todas maneras ganó ese partido por 3 a 1).
Pero me remito a mi apreciación de que hay importancias que son particulares.
Ese día yo había ido a la cancha con mi viejo, a ver a mi ídolo, a Rojitas, quien hacia varios partidos que no jugaba; y yo le había pedido, en silencio, que hiciera un golazo para mí. Y Angelito me respondió con aquella inolvidable obra maestra.
Ese gol tiene para mí, ahora que los años han pasado y ya no puedo ir a la cancha con mi viejo, la importancia decisiva del recuerdo. Recuerdos de tardes de sol, frío en el aire, yo como purrete aferrado a las mangas de mi papá, algún gol de Rojitas, y toda la emoción del mundo en un abrazo que nos unía y nos igualaba. Y después, al café de siempre, a tomar ese submarino caliente coronado con un par de espléndidas, gomosas medialunas.
Ese gol de Rojitas tiene la importancia invencible de mantener vivos a mi viejo y a ese purrete que fui, y que soy cada vez que lo recuerdo.
Se convirtió en golazo con el tiempo, y eso mismo la ha vuelto eterno.
Recordemos, entonces, nuestros goles memorables.
Será una manera de asomarnos, un poco más, a nuestro entrañable sentimiento por el viejo y querido Fútbol Argentino.
Y será también, a no dudarlo, una manera de rescatar de la muerte a todos los que se fueron un día, pero caminan siempre a nuestro lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario